EL TRAJE DEL EMPERADOR.
El traje del emperador es un cuento infantil de Hans Cristiasn Andersen, pero la verdad es que es una profunda reflexión moral...
Por: Víctor Reyes Morris. Sociólogo, doctor en Sociología Jurídica. Ex concejal de Bogotá, Exrepresentante a la Cámara Ex Director de ICETEX. Profesor (Pensionado) Universidad Nacional de Colombia.
4/15/20264 min read
EL TRAJE DEL EMPERADOR.
Por: Víctor Reyes Morris.
Sociólogo, doctor en Sociología Jurídica.
Ex concejal de Bogotá, Exrepresentante a la Cámara
Ex Director de ICETEX.
Profesor (Pensionado) Universidad Nacional de Colombia.
El traje del emperador es un cuento infantil de Hans Cristiasn Andersen, pero la verdad es que es una profunda reflexión moral, bajo la forma de un aparente texto para niños, termina siendo una lección de vida para todos. El relato hace referencia a un Emperador X que se preocupaba mucho por su vestimenta y ostentarla frente a sus súbditos. Un día, dos oportunistas que conocían de la ingenua afición del Emperador y haciéndose pasar por grandes maestros de la sastrería, le ofrecieron al monarca un traje invisible que sólo los tontos y los incapaces no lo podrían ver, El Emperador picado de curiosidad y con el afán de impresionar a sus súbditos les contrata la confección del traje invisible a los personajes que se lo ofrecieron. Estos haciendo alarde del uso de hilos y telas invisibles se disponen a confeccionar el traje. Una vez terminado se lo entregan al Emperador y este organiza un gran desfile público. Se pone el traje y los cortesanos, ministros y áulicos, no veían nada, pero para no quedar como tontos o incapaces alababan la belleza del traje. En medio del desfile público, un niño pequeño, que no sabía de lo de ser tonto o incapaz gritó: “Pero si el Emperador va desnudo”. La multitud se rio del bochorno y el Emperador parece que se dio cuenta del engaño.
En los ejercicios de poder, quien lo ostenta suele considerar (el mandamás) que lo que dice u opina es de una sabiduría contundente y los que lo rodean así lo consideran, por adulación, servilismo o conveniencia. Y así el personaje establece que, de un lado que puede opinar de lo divino y lo humano y que la investidura le da una condición especial de sabiduría. Y de otro, que debe ser acatada como corresponde.
Otro componente del “síndrome de traje del emperador”, es un aforismo que un importante filosofo formuló: “De lo que uno no sabe es mejor no hablar”. Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Parece un refrán de la abuela, pero es una sabia recomendación del filósofo. Aquí vuelve y ocurre el efecto de investidura, que juega malas pasadas a quienes la desmesura o el protagonismo no les permite ser asertivos y peor en este mundo de ahora de las plataformas de comunicación tan tentadoras y facilistas. Se sienten obligados a pontificar sobre todo y con la facilidad que esas expresiones tienen para comunicarse, por ejemplo, la famosa cuenta X.
Ser asertivo no se refiere a acertar o a tener siempre la razón si no más bien a mantener un equilibrio comunicacional o sea a expresar opiniones, que no adquieren carácter de mandatos, respetando los derechos y creencias de los demás. Este estilo comunicativo evita la pasividad (sumisión) o la agresividad (imposición), ubicándose en un terreno en donde se tiene una posición frente a un hecho o dicho o a una persona y que no excluye la contradicción.
Pero el asunto no es simplemente el problema de una persona megalómana que ostenta el papel de supremo monopolizador de la verdad sino de los cortesanos que lo siguen, alimentando su ego como los súbditos del Emperador y su traje.
Ser asertivo lo define el DRAE como “lo dicho de una persona que expresa su opinión de manera firme y con seguridad, respetando las ideas de los demás”.
Hablando de megalomanía, que se considera una psicopatía o inclusive una sociopatía, en la medida en que hay un entorno social inmediato facilitador de los delirios de grandeza, poder, omnipotencia y una autoestima demasiado inflada. Se ha vuelto bastante más común en quienes ostentan poderes que inclusive afectan a miles de personas.
La creación de instituciones, en general, en las sociedades contemporáneos y que acompañaron la evolución social a la modernidad, pretendiéndose con ellas defender el bien común de los arranques megalómanos o dictatoriales. Las instituciones van acompañadas del reconocimiento de derechos, que son las reglas del juego de una sociedad. En Sociología se habla de instituciones como el conjunto de normas, valores y practicas establecidas que regulan la vida social. Durkheim uno de los fundadores de la Sociología definió las Instituciones así: “Modos de pensar, sentir y actuar exteriores al individuo y dotadas de un poder de coerción”. Las Instituciones son pues en las sociedades contemporáneas las garantías del vivir juntos.
Las Instituciones pueden cambiar y así ha sido la historia de la humanidad, pero no para oprimir o malvivir, sino para vivir mejor y en paz. Son claves para esas garantías, desconocerlas es un riesgo que se paga caro en una sociedad.
Precisamente las características de las instituciones sociales son:
1. Normativas. Poseen reglas.
2. Duraderas. Pasan de generación en generación.
3. Necesarias. Satisfacen una o varias necesidades básicas de la sociedad.
4. Organizadas. Tienen reglas operativas y definen roles, status y jerarquías.
5. Cambiantes. Cuando hay desajustes entre sus fines y las necesidades de los asociados.
No pretendo dictar una clase elemental de Sociología, a pesar de tener ese sesgo, si no recordar algunos conceptos que parecen perderse entre los amores y odios de la política. El insistir en las Instituciones no es una prédica fundamentalista, si no la advertencia de cómo pueden lesionarse aspectos básicos de la sociedad con los ejercicios de poder.
Para terminar, quiero recordar una frase del filósofo francés René Descartes (1596-1650): “El error consiste en no parecerlo”. -


