La Violencia Invisible: Ciberbullying en nuestras aulas…

Un breve análisis sobre la crisis digital que afecta a nuestros jóvenes y las urgencias de una respuesta colectiva

Gottfried Blanco. Ingeniero Electrónico - MBA. Experto en Ciberseguridad y CiberInteligencia

1/15/20264 min read

La Violencia Invisible: Ciberbullying en nuestras aulas…

Un breve análisis sobre la crisis digital que afecta a nuestros jóvenes y las urgencias de una respuesta colectiva

En el silencio de una pantalla se puede gritar más fuerte que en cualquier patio de recreo. Esta paradoja define una de las crisis más preocupantes que enfrentan los estudiantes bogotanos: el ciberbullying. Una forma de violencia que trasciende las paredes del colegio y penetra hasta los espacios más íntimos de nuestros niños y jóvenes, sin horarios ni fronteras.

Entre 2020 y marzo de 2025, más de 1,080 casos de ciberacoso fueron reportados en el Sistema de Información Unificado de Convivencia Escolar. Pero esta cifra apenas rasca la superficie. Según datos de OCDE, Colombia ocupa el décimo lugar mundial en acoso escolar, con cerca del 27% de niños y adolescentes victimizados. En Bogotá, el 43.2% de estudiantes entre 12 y 14 años ha experimentado alguna forma de ciberacoso, siendo las mujeres adolescentes las más afectadas con una prevalencia del 38.5%., como lo evidencia el estudio del Laboratorio de la Economía de la Educación LEE de la Universidad Javeriana.

Cuando las redes se convierten en armas

El caso del Colegio Kimy Pernía Domicó, en Bosa en 2023, ilustra con crudeza la magnitud del problema. Grupos en Facebook se crearon con el propósito específico de "curtir" —burlarse públicamente— de estudiantes. Fotografías de menores circulaban con comentarios despectivos sobre su apariencia física, mientras los agresores se escudaban en perfiles falsos. Las familias denunciaron no solo el acoso sino algo igualmente grave: la indiferencia institucional. Sus llamados encontraron oídos sordos en autoridades que no comprendían la gravedad del fenómeno o carecían de herramientas para responder.

En las universidades, el panorama tampoco es alentador. El 35% de estudiantes reportaron que su primera experiencia de ciberacoso ocurrió durante sus estudios superiores. El acoso digital adopta rostros sofisticados: difamación académica en grupos de WhatsApp, exclusión deliberada de plataformas colaborativas, filtración de trabajos o información personal, acoso relacionado con identidad de género, orientación sexual o posiciones políticas.

Las heridas invisibles

Las consecuencias no son virtuales, son dolorosamente reales. Ansiedad, depresión, aislamiento social, baja autoestima y, en casos graves, ideación suicida. El rendimiento académico se desploma mientras la víctima se pregunta constantemente qué dirán de ella en la próxima publicación. Los estudios confirman un círculo vicioso: quienes tienen baja autoestima son más susceptibles a ser victimizados, y el ciberacoso deteriora aún más esa autoestima.

La arquitectura de las redes sociales —diseñada para maximizar la viralización— amplifica el daño. Facebook, Instagram, Twitter y TikTok son escenarios de violencia digital. Las aplicaciones de mensajería instantánea permiten grupos cerrados donde el acoso se desarrolla sin supervisión. La creación de perfiles falsos representa una violación de la integridad digital, y la compartición no autorizada de contenido privado deja cicatrices profundas.

Rutas hacia la reconstrucción

Colombia cuenta con herramientas legales importantes. La Ley 1620 de 2013 establece protocolos específicos para casos de ciberbullying, pero las leyes sin implementación efectiva son solo palabras en papel. Las instituciones educativas necesitan activar rutas de atención inmediatas: documentación rigurosa, protección de la víctima, comunicación empática con familias, evaluación psicológica y acciones apropiadas según la gravedad.

Es fundamental establecer canales de denuncia seguros donde los estudiantes se sientan protegidos al reportar. Los profesores necesitan formación continua para identificar señales de alerta y acompañar víctimas. La relación actual de un psicólogo por cada 1,500 o 2,000 estudiantes es claramente insuficiente.

Las familias juegan un papel insustituible. Las conversaciones sobre la vida digital deben ser tan naturales como las conversaciones sobre la vida offline. Los padres necesitan comprender las plataformas que usan sus hijos para detectar señales de alerta y ofrecer apoyo. Establecer acuerdos familiares sobre el uso de tecnología —tiempos de desconexión, contenido apropiado, protocolos de respuesta— puede marcar la diferencia.

Más importante aún: debemos enseñar (como parte de nuestra responsabilidad como padres, educadores y responsables) empatía digital. Los jóvenes necesitan comprender que detrás de cada pantalla hay una persona real que puede resultar profundamente herida.

Herramientas y recursos disponibles

La Cámara de Comercio de Bogotá desarrolló el "Botiquín para la atención del acoso escolar (bullying) y ciberacoso (ciberbullying)" para prevenir y acompañar casos de acoso, con material pedagógico, normatividad y protocolos de atención. El programa HERMES, presente en 328 instituciones educativas, ha formado más de 3,600 mediadores escolares que resuelven conflictos antes de que escalen.

Las víctimas y testigos deben conocer las rutas disponibles: la Fiscalía (línea 122 o 018000919748), el Centro Cibernético Policial especializado en delitos informáticos, la Personería, la Defensoría del Pueblo, los Consultorios Jurídicos universitarios y el ICBF, que debe proporcionar apoyo tanto a víctimas como a agresores.

Una responsabilidad compartida

El ciberbullying no es una consecuencia inevitable del progreso tecnológico. Es un problema prevenible si asumimos colectivamente la responsabilidad de crear espacios digitales seguros. La prevención debe comenzar temprano, enseñando competencias digitales que incluyan la dimensión ética y social. Las instituciones deben evolucionar de una postura reactiva a una proactiva, implementando programas permanentes de convivencia digital.

Bogotá necesita invertir en más psico-orientadores, capacitación docente e infraestructura tecnológica para detección temprana. Pero más allá de recursos, necesitamos un cambio cultural profundo. Como adultos responsables debemos comprender que con nuestro ejemplo en redes sociales educamos o deseducamos. Cada comentario, cada contenido compartido, cada reacción ante la violencia digital, enseña a los jóvenes qué consideramos aceptable.

El futuro de nuestra juventud depende de las acciones que tomemos hoy. Las pantallas no tienen por qué ser campos de batalla. Pueden ser ventanas hacia el conocimiento y la conexión genuina. Pero para eso, cada uno de nosotros —padres, educadores, autoridades, ciudadanos— debe asumir su parte en la construcción de un ecosistema digital donde la dignidad humana sea el valor fundamental.

La violencia digital no es invisible porque no deje marcas físicas. Es invisible porque hemos decidido no mirarla. Ya es hora de abrir los ojos…

Si conoces o sospechas de un caso de ciberbullying, no guardes silencio. Cada denuncia, cada conversación, cada acto de solidaridad puede salvar a alguien de un sufrimiento innecesario.

Gottfried Blanco. Ingeniero Electrónico, MBA.