¿LO MISMO?
El interrogante que encabeza este escrito hace referencia al anunciado “nuevo estilo”, que el Gobierno que entrará el 7 de agosto, dice que aplicará en la designación de nuevos funcionarios que acompañarán la administración del Poder ejecutivo
Por: Víctor Reyes Morris. Sociólogo, doctor en Sociología Jurídica. Ex concejal de Bogotá, Exrepresentante a la Cámara Ex Director de ICETEX. Profesor (Pensionado) Universidad Nacional de Colombia.
7/3/20264 min read
¿LO MISMO?
Por: Víctor Reyes Morris.
Sociólogo, doctor en Sociología Jurídica.
Ex concejal de Bogotá, Exrepresentante a la Cámara
Ex Director de ICETEX.
Profesor (Pensionado) Universidad Nacional de Colombia.
El interrogante que encabeza este escrito hace referencia al anunciado “nuevo estilo”, que el Gobierno que entrará el 7 de agosto, dice que aplicará en la designación de nuevos funcionarios que acompañarán la administración del Poder ejecutivo. Es importante hacer muchas precisiones para dilucidar de qué se trata cuando se predica una ruptura política, respecto a lo que se conocen como cuotas de poder. El Gobierno que termina utilizó la negociación política para otorgar cuotas burocráticas con el propósito de asegurar el voto parlamentario favorable a sus iniciativas legislativas. Lo que ha sido común en todos los gobiernos para asegurar resultados propicios en la aprobación de leyes sometidas al Congreso, de iniciativa gubernamental.
La posición del Presidente electo es de que no tiene pacto con ningún partido político sino con el pueblo que lo eligió. Ésta es una típica afirmación populista. Obviamente que si fue el pueblo quien lo eligió, pero en un sistema democrático lo que garantiza ese ejercicio democrático es la existencia de unas fuerzas políticas que luchan legítimamente por el poder. En los regímenes autocráticos ocurren una de dos cosas: o están prohibidos los partidos políticos o hay un partido único. De tal manera, que no sabemos si en la cabeza del nuevo mandatario y sus seguidores inmediatos hay una idea de democracia o todo es confusión, tendiente a favorecer una presidencia autocrática, La confusión puede ser frente a un tipo de partidos, que sólo son unas federaciones de barones electorales con sus respectivas clientelas, asociados por el interés electoral que deviene en adquirir cuotas burocráticas y acceso a la contratación pública. La verdad es que esa crítica es correcta desde el punto de vista de querer un sistema político verdaderamente democrático. Pero una cosa es esa crítica y la otra es que esa crítica puede esconder más bien un propósito caudillista de deriva autocrática.
En la coyuntura actual mundial se asoma una especie de desencanto con el sistema democrático y las aventuras populistas de derecha o izquierda han ganado jefaturas de Estado en una especie de hartazgo hacia tal sistema, en la medida que algunas “amenazas” han sido pretextadas para obtener el favor popular. Los inmigrantes, la inseguridad, la inflación, la corrupción u otros motivos han producido cambios hasta en las democracias más sólidas.
Ya en escritos anteriores mencionaba la crisis de los partidos políticos colombianos que en una especie de letargo no pudieron postular candidatos a la presidencia y ni siquiera fueron admitidos como adherentes de la campaña ganadora. ¡Falta ver ¡
Pero a lo que me quería referir mas propiamente, es si este Gobierno que llega va a designar ministros únicamente de su cuerda política. Puede argumentarse que se necesitan personas identificadas con la plataforma del triunfador. Eso es otra cosa, pero concitar un nuevo estilo de Gobierno, recurriendo a personas que no pueden estar en el compromiso político del ganador, pero que mandaría una imagen realmente diferente de unidad nacional y amplitud. La que no tuvo el Gobierno que sale, que tuvo que improvisar funcionarios que no tenían ni la preparación ni la experiencia, pero si “gran lealtad” al nominador.
Uno de los sectores más afectados fue el diplomático, con la increíble excusa de hacer llegar a los “nadies” a cargos de representación en el exterior, eliminando requisitos, donde el mérito y la preparación son indispensables, el gobierno saliente plagó el servicio diplomático de oscuros o impreparados personajes. La representación del país en el exterior es la menos indicada para los propósitos populistas de hacer “equidad”.
El tema complejo de la llamada “Gobernabilidad”, se complica cuando los nuevos gobiernos necesitan, especialmente del Legislativo y no cuentan con mayorías propias. Esto hace inevitable conformar esas mayorías y especialmente contar con los partidos tradicionales que tienen bancadas significativas. El presidente electo ha sido enfático en que no quiere nada con los políticos tradicionales, pero cuando esas fuerzas mayoritarias no existen, la recurrencia a los que se desprecia es inevitable y no creo que por puro patriotismo apoyen. El señor vicepresidente electo sabe de esto porque fue ministro en anterior Gobierno. Es una delgada y delicada negociación que requiere mucha filigrana y tacto político. El próximo ministro de Interior también sabe de esto, no solo porque fue parlamentario, sino también director de un partido tradicional, aunque con nombre combativo.
Cómo se expresará esa coherencia, cuando lo que se dijo en campaña no se puede aplicar a rajatabla, pero seguramente habrá caminos que permitan garantizar esa “Gobernabilidad”
Distinto será la relación con la oposición, por sus cambiantes posiciones, especialmente la formulada últimamente por el candidato perdedor, que amenazó con “desobediencia civil”. Contrastando fuertemente con anteriores declaraciones.
Fue el pensador norteamericano Henry David Thoreau quien escribió un ensayo “Civil desobedience” (1849). Tiene varias características:
1. Es pública. No actúa clandestinamente.
2. Es intencional se incumple algo para denunciar su injusticia
3. Es no violenta, busca la persuasión no la imposición.
4. Se aceptan las consecuencias legales. Quien lo asume está dispuesto a recibir la sanción correspondiente.
El filósofo político estadounidense John Rawls (1921-2002) elaboró una de las más acabadas teorías sobre la “Desobediencia civil”, como un acto público, no violento y consciente dirigido a provocar un cambio de leyes o políticas dentro de un sistema democrático, pero dentro de las reglas fijadas. En nuestra Constitución Política no existe tal figura. Aunque protege la libertad de expresión, la protesta pacífica y la participación ciudadana. Pero tiene esta práctica un frágil camino desbordable hacia la subversión. La desobediencia subversiva pretende debilitar y sustituir el orden constitucional o el sistema democrático vigente y recurrir a la violencia, que tanto nos ha afectado.
Entonces ojalá, no se trate de regresar al pasado y nadar en “dos aguas” o en la práctica de la “combinación de las formas de lucha” del pasado superado (¿) de la izquierda colombiana. -


